Chamberlain y el appeasement

22 Mar

En 1937, el político conservador Neville Chamberlain alcanzó la jefatura del Partido Conservador británico, así como el cargo de primer ministro. Chamberlain fue un político muy preocupado por preservar la paz mundial en aquella Europa que se debatía entre la pujanza, por un lado, del nacionalsocialismo expansionista alemán y del fascismo -también expansionista- italiano, y por otro lado, un bolchevismo soviético con ínfulas también expansionistas en el centro de Europa. Chamberlain creyó que la política más conveniente para pararle los pies a Hitler era la del apaciguamiento o appeasement, por la cual ceder en las exigencias expansionistas de Hitler salvaguardaría la paz mundial.

Cuando en 1936 se sublevaron los militares africanistas en España contra la República, dando lugar a la Guerra Civil Española, Chamberlain, con el objeto de apaciguar a Hitler, se mantuvo en una posición de no intervención, lo cual hizo que Clement Atlee, líder del Partido Laborista y futuro Primer Ministro, le criticara duramente por esta pasividad, ya que el Partido Laborista proponía que Reino Unido participase activamente apoyando al bando republicano. Mientras tanto, Hitler y Mussolini participaban activamente apoyando con fuerzas, dinero y tropas en suelo español al bando golpista, haciendo de campo de pruebas de lo que posteriormente sería la política bélica italo-alemana, dando finalmente la victoria al general sublevado Francisco Franco.

Cuando el 12 de marzo de 1938 se produjo el Anchluss o anexión de Austria por parte de Alemania (una invasión en toda regla, con Wehrmacht de por medio), Chamberlain se limitó a proclamar que los efectos de la unificación eran irreversibles, no interviniendo y dejando una vez más a la merced de la voluntad nazi a otro país de Europa.

Con el mismo propósito de apaciguamiento se firmaron en septiembre de 1938 los acuerdos de Munich, por los cuales Francia y Gran Bretaña reconocían las legítimas aspiraciones de anexión de los Sudetes (región perteneciente a la antigua Checoslovaquia) por Alemania, ya que la mayoría de sus habitantes eran de habla alemana. Estos acuerdos sirvieron como excusa para que Checoslovaquia se repartiera entre los países vecinos (Polonia y Hungría), recibiendo Rutenia autonomía plena, y finalmente creando Alemania los estados títere de Bohemia-Moravia y Eslovaquia. Gran Bretaña, una vez más, no intervino, e hizo más fuerte al ejército alemán en Europa.

Sin embargo, Chamberlain, en esta tercera ocasión, aprendió algo: Alemania se estaba rearmando, estaba violando reiteradamente el Tratado de Versalles firmado al finalizar la I Guerra Mundial y se estaba convirtiendo en una amenaza incluso para Gran Bretaña. Así que en marzo de 1939 acordó con Francia rearmarse para garantizar la integridad territorial de Polonia, y en septiembre, cuando Alemania, tras firmar el pacto Molotov-Ribentropp con la Unión Soviética, lanzó la operación Fall Weiss contra Polonia, tanto Gran Bretaña como su aliado Francia le declararon la guerra.

Indudablemente, ya era tarde. Hitler había emprendido, desde 1933, una carrera armamentística impresionante, así como una campaña interna de represión de todas aquellas voces discrepantes con el nacionalsocialismo. A la vez, había obrado un impresionante milagro económico, lo cual le convertía en un líder indiscutible en su país y en un modelo de admiración para personas en todo el mundo por la forma en que había logrado expulsar a los demonios bolcheviques y la fuerza con la que había logrado sacar a Alemania de la peor de las crisis económicas.

Cuando en septiembre de 1939 Gran Bretaña, Australia y Nueva Zelanda declaran la guerra a Alemania, se le unen rápidamente Francia, Sudáfrica y Canadá, pero el resto de países deciden no unirse a la guerra, tomando una postura neutral. Esto fue debido, principalmente, a que en ningún momento se vio a Hitler como una amenaza para la paz mundial. Craso error. Tardarían cinco años más (hasta mediados de 1944) en darse cuenta de la magnitud total de los planes de Hitler y el nacionalsocialismo para Europa: una megalomanía sin límites que soponía la eliminación de etnias, nacionalidades, ideologías, etc. con el pretexto de una pseudoideología con tintes míticos.

Quizá si Chamberlain hubiese dejado de lado el appeasement, hubiese reclamado a la Sociedad de Naciones las sanciones oportunas, o hubiese tomado medidas bélicas de contención y disuasión en su momento, junto con políticas de alianza de las democracias, ante las violaciones de la legalidad internacional, se hubiesen evitado a tiempo millones de muertos y una larga Guerra Mundial. Eso es retropolítica-ficción que dejo a la reflexión del lector.

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3 comentarios to “Chamberlain y el appeasement”

  1. Hugo M.M. 25 marzo 2011 a 21:42 #

    Otro primer ministro británico dijo aquello de “Inglaterra no tiene amigos o enemigos permanentes; sólo intereses permanentes”. Está visto que la izquierda europea no tiene intereses permanentes, sólo amigos o enemigos permanentes. Lea, lea, que están todos: la OTAN, los gobiernos occidentales, el capital neoliberal… Todos a una contra su títere Gadafi. Mola, la derecha hace la historia y luego la izquierda la interpreta (para ella sola por supuesto), y claro, no puede aparecer en la foto al lado de los enemigos permanentes. Lo de sus intereses, las revoluciones populares… bueno, queda muy chulo hablar de ello de boquilla, desde la pérfida Europa, sin que te estén cayendo bombas al lado de casa. ¿He dicho bombas? Coño, podía repetir Llamazares su discurso contra la guerra de Irak, muy apropiado en aquel momento, pero aplicado a Gadafi.
    Oiga, su artículo (muy bueno), ¿podría encuadrarse dentro de lo que se llama memoria histórica, o tiene que aparecer en un auto de Garzón? Porque da la sensación de que los brigadistas pasaron por aquí por una concepción socioeticopoliticomoral errónea en lugar de haberse quedado en casa discutiendo sobre Rabindranath Tagore aplicado a la lucha contra el fascismo.
    Ya paro. Que sepa que soy uno de los que han votado positivamente su artículo en el blog de la señora Artal. De los otros dos, uno de es la señora Artal y el otro es de un manazas que ha pulsado mal de la mala leche que le corría por el cuerpo. Es lo que tiene enfrentarse al mundo.

  2. xavieraliaga 1 junio 2011 a 8:38 #

    Excelente artículo. Pero me da la sensación de que la guerra era inevitable porque Alemania, Italia y Japón habían decidido antes de la Guerra Civil Española generar sus propios imperios. Creo que la clave de todo, del ascenso del fascismo a Europa, está en la forma en que se liquidó la I Guerra Mundial, con las compensaciones económicas exigidas a Alemania, y el posterior crack de 1929, que empobrecieron aún más aquel país. Instaurados los gobiernos fascistas y el imperialismo de raíz divina de Japón, la confrontación con las democracias occidentales era inevitable. Y seguramente necesaria.

    Se pudo evitar antes, en los años 20. No en los 30.

    • jabravo 1 junio 2011 a 8:48 #

      Muchas gracias por la puntualización, Xavier. Más que nada, quería reseñar que una acción más decidida de las democracias europeas quizá hubiese evitado que el conflicto se alargara durante seis años y que solamente carambolas del destino evitaran que los gobiernos totalitarios (no autoritarios) extendieran su imperialismo por Europa, África y Asia. Quizá una intervención en los Sudetes y/o en la Guerra Civil española hubieran evitado los seis años de guerra, la Solución Final y otras cosas, pero eso se lo dejaremos a los especialistas en política-ficción, que saben analizar mejor las lineas temporales hipotéticas.

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